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La pesadilla de ser pobre en un país que ama el libre mercado

3256Ernesto es un niño de 13 años que mal vive en los alrededores de Villa Nueva. Se encuentra en la calle desde hace año y medio, por eso todas las noches busca un lugar donde dormir. Frente al parque de esa ciudad, cientos de indigentes sin casa pasan la noche como pueden. En una ocasión, uno de esos indigentes intento abusar de él, pero sólo logró morder su cuello. Sus gritos asustaron hasta los policías de guardia de la estación que se encuentra a pocos metros de ahí, pero no hicieron nada. Sus otros compañeros de sueño, lo echaron del lugar, pues no los dejaba dormir por su llanto. Desde esa fecha se traslado a una cuadra del parque, frente a un banco y un almacén de empeño. Ahí comparte espacio con una anciana que siempre anda de mal humor y otros dos “compinches” como le llaman los vecinos. Se juntan justo a las diez de la noche, cuando el silencio comienza apoderarse de las calles. Cuando llueve duermen sentados en la marquesina de uno de los locales, acurrucados unos contra otros para no caerse y aguantar el frío. Afortunadamente la suerte de Ernesto pronto cambiará. Unicef le acaba de otorgar un reconocimiento a la Vice por su labor en favor de la niñez. Ernesto no lo sabe y tal vez ni le importe, pero si todo va bien al fin saldrá de esto, piensan los de Unicef, aun cuando la realidad sea todo lo contrario y el premio solo sirva para maquillar la “benéfica” labor de la mandataria.

Jeremías es un chico que recién cumplió los 16 años, y antes de los 13 dejo el instituto pues su padre lo obligó a llevar dinero a la casa. Hace un mes cabal, encontró trabajo en un camión recolector de basura. Pero justo el día de pago sucedió algo que cambiaría por completo su futuro. El asunto sucedió un viernes muy de mañana. Recién iniciaba la ruta de costumbre en los alrededores de Villa Nueva. Ahí deben retirar la basura de las fábricas de forma rápida, pues por la hora la policía de tránsito de ese municipio les pone multa si obstruyen el tráfico. Jeremías se tardó más de la cuenta y un motorista municipal llego de inmediato al lugar y amenazo con poner una infracción al conductor del camión. Después de una discusión llegaron a un acuerdo, el policía acepto una mordida de Q.200.00 y todo solucionado. El dueño reaccionó y remató su cólera con Jeremías a quién culpo del asunto. A pocas cuadras de ahí, paro el camión y agredió brutalmente al chico. Este en medio de la basura recolectada del día vio la furia del patrón. Lo dejó tirado abajo del puente a desnivel de Walmart sin su pago, sin protección y con el temor de regresar a su casa sin su sueldo. Estaba llorando desconsolado, acurrucado abajo del puente, sangrado de la boca y del alma, por el dolor que significa ser pobre y marginado a tan temprana edad.

Despues los gobernantes se sorprenden en televisión del éxodo de jovenes al norte.

Berta es de Jutiapa, pero por cuestiones de salud, vive desde hace dos años en la capital. Cuando tenía 14 le detectaron un cáncer papilar de tiroides. Su condición económica sólo le permitía llegar al Hospital Roosevelt. Después de varios meses le dieron fecha para extirpar su tumor. El calvario comenzó poco después de la operación. De acuerdo al tratamiento un mes después los pacientes deben recibir yodo radiactivo para eliminar los residuos cancerosos que pudieran quedar. Sin embargo a ella le han dado cita para 4 meses después, con lo cual tampoco garantiza que le vayan a dar la terapia que necesita. Sólo le harán unas pruebas y será anotada en un libro azul empastado, para que la puedan tratar más adelante. Según estimación del propio personal del hospital, eso puede tardar año y medio, si no más, pues existe una lista interminable de personas esperando turno. El hospital aduce que no tiene la medicina. Los rumores que salen de los propios empleados, dicen que algunos médicos extraen las dosis para aplicarlas en sus clínicas privadas o con sus familiares. También se dice que si uno tiene un conecte con el Ministro o diputado del partido oficial, su espera se puede reducir a semanas. Berta no tiene esos conectes, ni el dinero que cobra una clínica privada por el tratamiento. Sólo le queda tener paciencia y rogar para que le den la medicina a tiempo. Tiene suerte, pues ese tipo de cáncer tiene los porcentajes más altos de recuperación. El problema es que vive en Guatemala, un país donde la muerte de un pobre no conmueve a nadie. La desatención y la corrupción que anida en el sistema hospitalario es tal que bien se puede decir que en lugar de curar se hace exterminio social.

Mientras tanto y para el consuelo de todos, el presidente del país lleva a su esposa a Estados Unidos para un tratamiento de salud “rutinario” según explicó el mismo. Mientras la vicepresidenta va a un centro privado a tratarse de los “polvos” que le echaron. Sin ir más lejos, los ministros, diputados y jueces gozan de seguro médico privado, afortunadamente.

 

*Los nombres fueron modificados, los relatos son reales

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4 comentarios


  1. // Responder

    Sin embargo, a pesar que no defiendo el libre mercado; el problema que apuntas es más sobre: “un país donde la muerte de un pobre no conmueve a nadie” pero en especial a las autoridades que antes de llegar al poder, tampoco tenían los beneficios que ahora tienen, y sin embargo, no cumplen con las obligaciones de su puesto público. Saludos y Excelente Blog…


  2. // Responder

    es una realidad clara de nuestra vida cotidiana, pero còmo podemos cambiar


  3. // Responder

    Qué ironía. Ese es nuestro país y no hay manera que reaccionemos.

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