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El naufragio de Jimmy Morales

23_Globales_27_2p01-670x441La vieja política se reencarno y por ahora va ganando la batalla. Su mayor valedor es nada menos que el propio Jimmy Morales, aquel que en campaña dijo que “ni corrupto, ni ladrón”, ahora recurre con arrogancia al mismo esquema de sus antecesores para poder gobernar. Lo hace con el cinismo propio de un comediante venido a menos. Recurriendo a los mismos esquemas, sin capacidad ni siquiera para incorporar rostros renovados, más bien valiéndose de tránsfugas impresentables.

Morales pierde con eso. Las expectativas que se crearon con su llegada, poco a poco se van desvaneciendo. La lucha contra la corrupción, la impunidad y la violencia por lo visto no son tan prioritarias para su gestión, y en menos de un mes se han desvanecido mucho de ese respaldo que le convirtió en presidente. Los más fanáticos seguidores se sienten escépticos antes tantos desaciertos.

La primera derrota de Jimmy ha sido la propia, la que su incapacidad le ha generado y que le ha dejado preso de sus miedos y a merced de las prácticas hegemónicas de los viejos políticos corruptos que hoy quieren gobernar en la sombra. La segunda derrota es la falta de equipo. Sus funcionarios en gran medida son reciclados y parece una versión light del corrupto ejecutivo patriota, que proponen las misma políticas clientelares que tanta corrupción generan.

Lo que ha hecho y dejado de hacer en estas cuatro semanas en el poder, no le sirve para marca distancia de nada. Sus actos y el estilo reflejan que tiene como principal fuente de inspiración esa vieja política que dijo no repetir. Nadie se baña en el río dos veces con la misma agua. Pero por mucho que sepamos eso, el gobierno de Morales y Cabrera intentan hacerlo.

En pocas semanas ya circula en las redes sociales la crispación por tanto desacierto. La ciudadanía ya está cansada que le vean la cara. Una decepción más puede generar una nueva movilización, ahora que tanta falta hace. Nos estamos jugando regresar al nefasto pasado de represión e impunidad. El gobernante no deja de ser un comediante de humor negro, que ya no hace reir.

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