La normalidad de los pobres

por | mayo 12, 2020

En Guatemala, la cotidianidad supera la normalidad de doña Chonita y se sobrepone por medio de la solidaridad que genera la convivencia funcional de un barrio popular  de Ciudad de Guatemala. Cada día en esas calles sin muros, ni garitas suceden escenas de intercambio y convivencia que se nos revelan como mágicas. Cada mañana, a eso de las seis se escuchan los gritos de Doña Sheny, la vendedora de pan que recorre las cuadras con su canasto lleno de francés y pan dulce: “el paaaaaaaan”. Se coloca a mitad de la cuadra esperando que abuelas, madres e hijas salgan con sus paneras a comprar el pan para el desayuno. Antes de las ocho el desfile de vendedores es largo. La señora de los tomates y aguacates inicia su recorrido justo en la parada del bus. No falta la señora del atol blanco, que junto a su hija, ofrece la vitalidad necesaria para el día. Más tarde, un señor en bicicleta lleva las verduras. Usted le encarga y él hace la compra en el mercado. Antes del medio día pasa una niña, ofreciendo guayaba fresca. Esa fruta exótica que por fortuna abunda en su casa y para ayudar a los gastos de la familia, sale a vender lo que puede antes de marchar a la escuela. Ahora que no hay escuela su horario es distinto. Mi abuela siempre le da Q5 y dependiendo del humor le deja cuatro o cinco guayabas, a veces solo dos, pero hay días en que le dice que se las deja y cuando pueda le paga antes de marcharse con una sonrisa. También está don Lorenzo, el señor de las frutas. Estaciona su carreta bajo la sombra y comienza a gritar “la fruuuutaaaa”. Piñas, naranjas y mangos de acuerdo a la temporada. Doña Paula lleva 20 años haciendo dulces típicos, principalmente camote y ayote, pasa todas las tardes y cuando no se le compra se va maldiciendo la tacañería, pero siempre anda de buen humor. La señora de los elotes pasa por la tarde, al igual que el señor que vende dobladas de manjar y cajeta. El joven de las donas, las vende a Q1, pero los tres no se hacen competencia, son amigos y disfrutan las ventas, según cuentan. Entre ellos se comparten las ventas y de vez en cuando regalan a los niños de la cuadra alguna golosina.  Doña Mayra hace chuchitos, rellenitos y tamales los sábados, abre su casa e instala unas mesas al lado de una estufa portatil, alrededor, los comensales platican sus alegrías diarias. Doña Julieta es la que vende los chiles rellenos, pero solo bajo encargo. No le gusta salir a la calle ofreciendo sus ricos chiles rellenos, tienes que llamar y luego pasar a recogerlos a determinada hora. Son tan ricos que todos los días tiene encargos. Tampoco faltan las quesadillas de Los Arrieta, que según el señor que las vende, tienen más queso que las típicas de Zacapa y siempre aclara que su apellido es López. Don Tuy es un anciano que vendía cocos en su carreta, pero según contó, la última vez lo asaltaron y perdió el dinero de la venta y no ha podido recuperarse. La gente está haciendo una colecta para recuperar la venta y el carpintero le fabrica una nueva carreta. Con el toque de queda los horarios han cambiado, pero la vida sigue igual o peor para los que se ganan la vida vendiendo lo que pueden. Son parte del barrio, la gente los conoce y los quiere. Les compra cuando pueden y entre todos se apoyan. Así es la vida en estos tiempos de Covid-19.