Naufragio social

Por Mario Rodríguez Acosta

Este 2020 desnudó las desgracias de los gobernantes y el daño que han hecho al país. Primero la pandemia de la Covid-19 demostró la magnitud de la destrucción que provocó el neoliberalismo y el saqueo por parte de los corruptos que dejaron postrado el sistema de salud pública. Luego vino la depresión tropical Eta y nos muestra con crudeza toda la negligencia existente en el manejo de la reducción de riesgos y desastres. Las mismas desgracias en un ciclo interminable de muerte y desolación. Los desastres no son naturales, son desgracias sociales causados por la pobreza.

Los eventos naturales que se suceden a cada cierto tiempo, por nuestra condición de país en riesgo, tienen consecuencias distintas de acuerdo a la condición social de los afectados. Basta recordar el manejo del Mitch en el lejano 1998 que causó 268 muertes. Luego Adrián, Stan, Bárbara y Ágata que causaron destrucción y muerte, sin olvidar la tragedia del volcán de Fuego. Distintos gobernantes, pero se repite el mismo patrón de negligencia y desinterés por la gente pobre y marginada.

La pobreza, el abandono estatal y la corrupción provocan mucho daño y muerte en este país. Es el tipo de violencia estructural que genera víctimas mortales y destrucción física, que por desgracia es más recurrente que afecte a los pobres, pero también es evitable. Pero nunca se hace lo suficiente para prevenir. Se reacciona cuando el daño ya está, o como en el caso de la Covid-19, trasladando la responsabilidad a la gente. Y la respuesta es tan precaria y a veces prácticamente nula, que provoca mucha rabia.

Durante la pandemia, el sector empresarial mantuvo una postura en contra del confinamiento, por la catástrofe económica que eso provocaba, según ellos, pero se equivocaron. Hasta ahora, el país registra el número más elevado de muertos por Covid-19 que el resto de países de Centroamérica que tienen más personas contagiadas, con un número menor de muertos.

En realidad, solo estaban salvaguardando sus mezquinos intereses. Ahora mismo, hay un señor de Fundesa que, aprovechándose de la situación generada por la depresión tropical Eta, aboga por la ley que privatiza las vías públicas, para que, según él, tengamos buenas carreteras, mientras una diputada luce su ropa cara en medio de la lluvia, llamando a poner buena cara. Las dos caras de la corrupción en una misma escena.

Cómo se explica que instituciones como el Ejército, que en días previos a la tormenta difundió fotografías de soldados al cuidado de los ríos, pero luego fue incapaz de prevenir la crecida de las aguas para evacuar a las personas en riesgo, cuando con anticipación se conocía la llegada de la tormenta. Qué tipo de dirección tienen esas instituciones que, conociendo la situación, no pueden prevenir ni actuar en el tiempo justo.

Esa clase de gente no tiene la más mínima empatía ante una tragedia nacional. Con ríos desbordados, cerros derrumbados, casas soterradas y personas muertas o desaparecidas; en medio de una lluvia constante, pertinaz y mortal, estos “dirigentes” solo les interesa mantener el estado de cosas que nos mantiene en la pobreza, para que los sectores a los que representan puedan preservar sus privilegios y su impunidad.

Así las cosas, el estado de Guatemala se muestra incapaz de reaccionar a tiempo porque a los gobernantes no les interesa la gente pobre, marginada y humilde de este país. Con estos gobernantes, el Estado pierde su razón de ser, precisamente porque los que detentan el poder no son capaces de gestionar una emergencia, pero sí de preservar su impunidad. Es un ciclo interminable de corrupción, desolación y muerte.

Cómo sociedad estamos naufragando, porque cualquier fenómeno natural se convierte en un desastre social por aquellos que están en el poder.

Imagenes tomadas de la red social Twitter.