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País de anormales

Resulta sospechoso que en un país en dónde un poco más de la mitad de la población asiste a un servicio religioso los fines de semana y la otra mitad también, no exista ni la solidaridad, ni la empatía y como mucho, nos retratamos como una sociedad indiferente.

Esto viene a cuento por los últimos sucesos del país y la sarta de bendiciones y cadenas de oración que recibe el nuevo y el viejo presidente y su responsabilidad por la situación en qué nos encontramos.

El otro día un niño fue capturado por la PNC supuestamente por robar y presentado ante juez competente para resolver la situación. Si, como lee. Un niño de 9 años, frente a un juez, roba por hambre y es llevado ante la justicia.

Pocos se moviliza para frenar la desnutrición que afecta a millones de niños y niñas, por el asesinato de mujeres y el desprecio que la sociedad siente por los ancianos. Problemas de nuestra cotidianidad que no debería dejar insensible a nadie.

Mientras eso pasa, el Ministerio de Educación anuncia con bombos y platillos que 1 de cada 10 jóvenes de 15 años, no sabe hacer operaciones numéricas, como que si esa situación no fuera responsabilidad propia de un ministerio de educación y de sus autoridades.

Acaso la nueva ministra de educación, que trabajó supervisando “la calidad educativa” del Mineduc desde los tiempos de Cintya del Aguila, no es corresponsable de ese desastre educativo que el mismo ministerio divulga con orgullo.

Cuando se ve esa relación, entre nuestra situación socio económica y nuestras autoridades, la explicación es más sencilla para entender el robo por hambre y el robo por codicia.

Se podría comprender mejor si lo vinculamos con la campaña de los corruptos contra la CICIG y la pobreza en que vivimos, o la riqueza en que ellos viven.

Y por su peso, se puede deducir de qué lado se encuentra la cúpula del CACIF cuando manifiesta su respaldo a la Fiscal General que destierra todo lo que huela a CICIG. Y como dijo alguien en twitter, no es que apoyen a la fiscal, aplauden que les obedezca.

Pero resulta que estamos tan enajenados por el individualismo religioso fundamentalista que se prefiere seguir y aceptar lo que dicen los pastores de la opulencia, mientras los políticos de la corrupción saquean el país robando la oportunidad a millones de niños, niñas y jóvenes, que exigir lo que en derecho nos corresponde como seres humanos.

La niñez de este país no quieren bendiciones ni cadenas de oración, necesitan urgemente realidades concretas que les cambie la vida y tenga una oportunidad para su desarrollo.

Dios es una causa tan grande que no merece tener creyentes tan falsos.

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