China: cien años es solo el comienzo

El Partido Comunista de China festeja este 1 de julio sus 100 cumpleaños. Aunque la fecha documentada del centenario de su fundación es el día 23 de este mes, el liderazgo ha preferido esta fecha redonda. Se trata de una rectificación histórica menor, en contraste con otras mucho menos inocentes.

Como si se tratara de un capítulo apócrifo de 1984, la novela de Georges Orwell, el Partido Comunista acaba de reescribir su propia historia, acorde con los intereses actuales de los dirigentes, es decir, de la línea oficial. La intención propagandista es evidente. Los aspectos más oscuros de la historia del partido están minimizados. El decenio de la Revolución Cultural (1966-1976) apenas ocupa 12 páginas y la gran hambruna desencadenada por la campaña del Gran salto adelante (1958-1961) ni siquiera se menciona. Tampoco se dice una palabra del Pequeño Libro Rojo, el catecismo maoísta que debía servir de herramienta educativa primaria.

Mao_Zedong

En cambio, como sostiene el corresponsal de LE MONDE en Pekín, se mitifican y engrandecen otros periodos, en particular la Larga Marcha, es decir, el repliegue táctico que Mao emprendió durante un año (de octubre de 1934 al mismo mes de 1935) para proteger a sus tropas de la ofensiva nacionalista. Algo similar ocurre con el triunfo en la guerra interna y el nacimiento de la República Popular, en 1949.

Pero lo más significativo es la inmensa importancia que se concede al periodo más reciente: de las 531 páginas, casi una cuarta parte están dedicadas a los ocho últimos años, es decir al mandato del actual líder, Xi Jinping (1). No es simplemente un sesgo oficialista habitual. El detalle refleja la ambición del hombre que se encuentra en la cúspide del sistema, sólo comparable a la del fundador de la nueva China, Mao Zedong (en la imagen).

UNA CHINA, UN ÚNICO PARTIDO, UN SOLO LÍDER

En menos de una década al frente del Partido (y del Estado), Xi Jinping ha acumulado más poder que cualquiera de sus predecesores desde 1976. Ha eliminado la limitación de dos mandatos, ha concentrado todas las funciones ejecutivas (excepto la administrativa del gobierno, un elemento menor) y se ha erigido no sólo en interprete del pasado, sino, sobre todo, en guía iluminado del futuro. Sus ideas han adquirido categoría de pensamiento, es decir, de doctrina: un privilegio del que sólo Mao había gozado hasta ahora. Ni siquiera el pequeño gran líder del posmaoísmo, Deng Xiaoping, alcanzó ese honor (quizás ni siquiera lo pretendió).

La era de Xi Jinping es tanto la culminación de una centuria impresionante, que ha llevado a China de la condición de gigante pobre a segunda potencia económica mundial, cuanto el inicio de un nuevo siglo llamado a ser el de China (2). Este periodo que comienza se presenta como “el gran renacimiento de la nación china”. O como dice la propaganda oficial, “un país, un sueño”. Un sueño que hay que hacer realidad.

El Partido Comunista chino ha pasado por varias etapas, según su dimensión táctica, pero siempre con una misma orientación estratégica: la consolidación de su liderazgo

El Partido Comunista chino ha pasado por varias etapas, según su dimensión táctica, pero siempre con una misma orientación estratégica: la consolidación de su liderazgo. Mao dirigió un partido revolucionario; Deng, un partido reformista; y sus sucesores, un partido pragmático. Xi Jin Ping pretende convertirlo en un partido dominador. “Todo está bajo el control del Partido”, ha dicho. En otras épocas, el partido había cedido zonas de poder a otras instituciones de la República Popular, aunque conservara su papel hegemónico. Ahora, el Partido “recupera” el control de todos los ámbitos de la vida nacional. La China de Xi es el contramodelo de la URSS de Gorbachov, como dice la sinóloga francesa Chloé Froissart (3).

bandera partido comunista chinaEn este empeño hay poco de ideología y mucho de poder. La construcción del socialismo, dice el gran líder, es un proceso que exige aparente renuncias y concesiones al modo de producción capitalista, pero siempre y cuando éste se encuentre bajo el control del Partido. Es la fórmula del “capitalismo de Estado”. El avance de la iniciativa privada y de los negocios particulares que se produjo entre 1979 y 2013 se ha frenado. Las empresas reciben enormes ayudas del Estado pero están sometidas a fuerte controles y orientaciones precisas. En realidad, son ya instrumento del poder político, cómplices de sus estrategias económicas, comerciales y, sobre todo, tecnológicas, la gran obsesión de Xi Jinping (4).

Los 90 millones largos de militantes del Partido Comunista chino han sido movilizados como un ejército disciplinado y selecto. El objetivo no es crecer en número sino escoger a los mejores, a los más capaces. Y a los más dignos. De ahí la importancia mayúscula que Xi ha puesto en su campaña contra la corrupción, que dirige a través de una de las nueve comisiones centrales del Partido. Nunca, desde la Revolución Cultural, se ha producido una purga tan intensa y sistemática. Ni siquiera la desmaoización de la segunda mitad de los setenta llegó tan lejos. Hay una legítima depuración de los elementos corruptos, que no solo degradan los principios del Partido y privan de recursos a la población, sino que comprometen los objetivos presentes y futuros del programa de renacimiento. Pero también ha servido para librar las correspondientes luchas intestinas. En esta ocasión, la resistencia ha sido muy débil (5).

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