
Por Mario Rodríguez
La economía mundial muestra una resiliencia notable a pesar de las diversas crisis que han afectado a los países más desarrollados en los últimos años. Aunque persisten los riesgos significativos que se podrían acentuar con una desaceleración económica importante, se asume que al finalizar el 2025, se tenga un crecimiento moderado, lastrado por las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, lo que ha creado un entorno de elevada incertidumbre.
Según proyecciones del Fondo Monetario Internacional la economía se expandiría un 3,3%, por debajo de la media histórica del 3,7%. Dicho desempeño se explica por un leve repunte de la economía de Estados Unidos, pero sin lograr compensar la ligera desaceleración prevista en China. Pero, habría que tomar en cuenta que la economía de Estados Unidos no logre alcanzar el 4% de crecimiento que prevé el propio Donald Trump. Dicha previsión pesimista se refleja también en las estimaciones que el Banco Mundial estima, con un crecimiento más contenido para el próximo año, mismo que puede rondar en el 2.3% para el cierre de 2025, un punto por debajo de la previsión del FMI, cifra que afectará el crecimiento para el resto de la década, pues advierte que este porcentaje se podría reducirse aún más el 2026 si se intensifican las restricciones comerciales o persiste la incertidumbre política existente en la actualidad.
Para este 2026, se anticipa una transformación económica más profunda, impulsada por presiones inflacionarias persistentes, los avances y tensiones asociados a la transición energética, la lucha por el acceso y control de minerales estratégicos y la continuidad de conflictos sociopolíticos que afectan el comercio internacional y están provocando una política proteccionista en los países con los mercados consumidores más grandes del mundo. Según la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist (EIU, 2025), estas condiciones podrían provocar una contracción del PIB mundial del 2.6% en 2026.
En conjunto, los datos del desenvolvimiento de la economía global reflejan una notable capacidad de adaptación frente a múltiples choques, pero también alberga riesgos significativos a la baja que podrían agravar la desaceleración en los próximos años. Es importan hace notar que está capacidad de resiliencia, es un calificativo empleado por las instituciones financieras internacionales sobre la base del repunte de la economía de Estados Unidos y de sus políticas emprendidas, sin restarle importancia a los signos de recesión que en muchos países del mundo desarrollado están padeciendo.
Este riesgo se muestra con mayor claridad por la debilidad de algunas de las principales economías avanzadas, particularmente en los principales países de la Unión Europea. Alemania, por ejemplo, enfrenta un estancamiento económico prolongado, un proceso acelerado de desindustrialización y costos energéticos persistentemente altos que obstaculizan cualquier intento de reconversión industrial. Francia, por su parte, lucha con niveles elevados de deuda pública y una crisis económica estructural que se ha visto agravada por la inestabilidad política. Reino Unido, ya en recesión, corre el riesgo de caer en una crisis política adicional que podría complicar aún más su recuperación. Todos estos países culpan a la migración como el principal problema social que directamente incide en la economía, pero eso es una forma de evadir la responsabilidad política de las élites.
Los desafíos de la Unión Europea tienen raíces más profundas y están relacionadas a su estrategia de transición energética. Al no ser productora de petróleo, ni gas, la región apostó decididamente por las energías renovables, pero aún no ha logrado consolidar un sistema energético estable y asequible. La pérdida del suministro de energía rusa, por la guerra en Ucrania, que siendo un proveedor clave por su bajo costo, está provocando un incremento de su dependencia del gas licuado estadounidense, más caro y volátil. En este contexto, las fuentes de energía verde siguen dependiendo fuertemente de subsidios estatales para ser rentables, lo que plantea serias dudas sobre su sostenibilidad a largo plazo sin una reforma estructural del modelo energético europeo.
En las tendencias actuales y futuras de la economía global destaca la transición energética, dada las crecientes inversiones en infraestructura verde, esperando que el potencial de impulsar el crecimiento en aquellos países que logren articular políticas públicas eficaces, logren atraer capital privado y desarrollar capacidades tecnológicas para sostener así un proceso de crecimiento económico, sin lograr eso, en el corto y mediano plazo, las economías de varios países de europeos estaría en peligro su estabilidad macroeconómica. Sin embargo, la continuidad de la guerra en Ucrania y las nuevas sanciones que Estados Unidos impuso a las dos grandes petroleras de Rusia, más la intervención militar en Venezuela para la riqueza petrolera de ese país, provocará en el corto plazo una presión adicional, al provocar un incremento de los precios de la energía en un futuro inmediato, lo que lastrará aún más esa debilidad estructural de la dependencia energética europea.
Aunque la inflación global ha retrocedido desde los niveles récord observados en 2022 y 2023, sigue siendo un desafío persistente en muchas economías. Los precios de la energía y los alimentos, algunos altamente sensibles a choques geopolíticos, a las condiciones climáticas extremas y a las tensiones en las cadenas de suministro, se mantienen presiones alcistas que dificultan el retorno a los objetivos de inflación del 2 % establecidos por la mayoría de los bancos centrales. La inflación actual subyacente es más resistente, particularmente en servicios y bienes importados de consumo, lo que sugiere que el proceso de normalización de precios será más lento y complejo de lo inicialmente se anticipó.
Ante este escenario, los principales bancos centrales del mundo, como la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos y el Banco Central Europeo (BCE), podrían optar por mantener las tasas de interés en niveles elevados durante un período prolongado. Si bien esta estrategia busca anclar las expectativas inflacionarias y consolidar la credibilidad de la política monetaria, también conlleva riesgos significativos, como sería el frenó a la inversión y el consumo, aspectos que tendrían un impacto negativo en el crecimiento económico, lo que generaría un agravamiento de la sostenibilidad de la deuda pública y privada de las principales economías del mundo y principalmente de la insostenible deuda de Estados Unidos, especialmente en países con altos niveles de apalancamiento o monedas vulnerables. En este contexto, el equilibrio entre controlar la inflación y evitar una recesión se ha vuelto uno de los mayores desafíos de la política económica contemporánea.
Estos factores impulsan a tres fuerzas interrelacionadas que permite comprender cómo se está transformando la economía internacional. En primer lugar, la fragmentación del comercio internacional que continúa generando una incertidumbre constante ante los cambios de política de la administración Trump que está utilizando está herramienta de política económica como arma de negociación con países con los cuales manifiestas conflicto, sumado a una actitud intervencionista que obliga al uso de fuerza militar para obtener resultados cuando los procesos de negociación fallan. El segundo factor es la escalada de conflictos geopolíticos y la creciente competencia por recursos críticos, que también se relaciona con las barreras comerciales que se están imponiendo, pero que van más allá y abarca la producción y control de insumos críticos para bienes estratégicos, la prueba más reciente de esta escalada es la acción militar contra Venezuela para controlar sus reservas de petróleo. Pero también, la disputa por las tierras raras, el conflicto entre Estados Unidos y China por su acceso, es otro ejemplo de estos problemas que lastra la economía en la actualidad. Por último, el tercer factor, no menos importante, es la solución de la problemática energética. El crecimiento tecnológico y principalmente la inteligencia artificial, los centros de datos y el desarrollo de las plataformas, genera un incremento de la demanda de energía. Sobre esto, las grandes potencias económicas mundiales están apostando por modelos distintos. China confía en la innovación y su propuesta de energía solar. Rusia por la energía nuclear reciclable, sin contaminantes. La Unión Europea por la reconversión de energías alternativas verdes y Estados Unidos por profundizar sus mecanismos de extracción de las fuentes tradicionales, tomando en cuenta que uno de sus principales sectores económicos lo constituye las empresas petroleras, las más grandes del mundo. Esto en su conjunto están redefiniendo las reglas de la globalización y amplificando los riesgos a la baja para el crecimiento, por las fricciones que crea, por las disputas que genera el acceso a los recursos vitales para cada estrategia y por la disputa de una hegemonía económico en disputa.
Pero no es la globalización que conocemos, la que se está fragmentando. Es una especie de reglobalización cuyas características principales se explican por la fragmentación comercial que ha provocado la política arancelaria y la destrucción del sistema multilateral de comercio internacional. Se menciona que existe una descooperación (decoupling) o desacoplación estratégica entre Estados Unidos y China, las dos economías más grandes en la actualidad. Este proceso va más allá de las tensiones arancelarias y se manifiesta en restricciones a la inversión cruzada en sectores críticos y controles a la exportación de tecnología avanzada, llegando incluso a disputar el privilegio que tiene Estados Unidos con el dólar como moneda de valor mundial.
Paralelamente, se observa una aceleración en la formación de bloques comerciales regionales y alianzas basadas en criterios geopolíticos. La Iniciativa de la Franja y la Ruta de China es un ejemplo paradigmático, creando una esfera de influencia económica alternativa, que al final también puede ser un factor contrahegemónico, como sería la consolidación de la esfera política y económica de los países BRICS. La consecuencia directa es una reconfiguración forzada de las cadenas de suministro globales, que pasan de priorizar la eficiencia y los costes bajos a buscar la resiliencia y la seguridad. Las empresas se ven obligadas a «deslocalizar» o diversificar sus proveedores, lo que incrementa los costes operativos y presiona al alza la inflación a medio plazo, pero es una medida para superar la dependencia del mercado consumidor más grande ubicado en Estados Unidos, dadas las restricciones impuestas, que a pesar de ello, seguirá siendo uno de los principales objetivos de acceso del intercambio comercial.
Este proceso ha estado marcado por la proliferación de focos de tensión en puntos neurálgicos del comercio mundial que han introducido un alto grado de incertidumbre sistémica. Los conflictos en Ucrania, Oriente Medio y las tensiones en el Estrecho de Taiwán y ahora la agresión a Venezuela, tienen el potencial de interrumpir abruptamente flujos críticos de energía, alimentos y componentes tecnológicos. Taiwán, por ejemplo, es una pieza central para la industria global de semiconductores; cualquier disrupción en el estrecho no solo sería un evento geopolítico de primer orden, sino también un shock de oferta para la economía digital mundial. Estos conflictos no solo afectan el comercio, sino que también generan una aversión al riesgo entre los inversores, congelando proyectos de inversión a largo plazo en regiones inestables y aumentando las primas de riesgo a nivel global. La geopolítica se ha convertido así en un factor determinante y fundamental de la confianza económica.
Estos conflictos se manifiestan o afectan la transición energética y la digitalización económica. La demanda de minerales críticos como el litio, el cobalto y las tierras raras, esenciales para la fabricación de baterías, vehículos eléctricos y equipos tecnológicos, sin mencionar algunos productos tecnológicos utilizados en el armamento moderno, pueden generar tensiones comerciales y enfrentamiento geopolíticos que puede afectar el crecimiento económico. Esto porque la oferta de estos recursos está altamente concentrada en pocos países, creando una intensa competencia geoeconómica por asegurar el suministro. Esta dinámica no solo ejerce una presión alcista persistente sobre los precios, sino que también genera nuevos vectores de conflicto y dependencia estratégica. Los intentos por diversificar las fuentes de abastecimiento chocan con los largos plazos de desarrollo de nuevos proyectos mineros y con crecientes tensiones socioambientales. La seguridad de recursos se consolida, por tanto, como un pilar de la seguridad nacional y un posible catalizador de fricciones comerciales y políticas entre las grandes potencias que tendrán repercusiones en el desarrollo de las economías en los próximos años.
Existe, por lo tanto, una encrucijada crítica para el 2026. Por un lado, la tecnología de inteligencia artificial y la biotecnología, ofrecen un potencial sin precedentes para impulsar el crecimiento y resolver desafíos complejos. Por el otro, este progreso se ve amenazado por viejos y nuevos fantasmas, como la inflación persistente, los conflictos geopolíticos, la fragmentación comercial, y una transición energética costosa. Todos estos aspectos pueden afectar el desarrollo de la inteligencia artificial y tener repercusiones en todos los sectores productivos.
Esto porque la tecnología, y muy especialmente la inteligencia artificial, se ha convertido en uno de los principales motores del crecimiento económico de Estados Unidos y de su reconversión industrial y de servicios. A diferencia de otras economías avanzadas que enfrentan estancamiento o desindustrialización, Estados Unidos ha logrado mantener un dinamismo económico notable, impulsado por un ecosistema innovador único que se expresa a través de universidades de clase mundial, capital de riesgo abundante, marcos regulatorios flexibles y una cultura empresarial orientada al riesgo con una proyección a escala global. En este contexto, la inteligencia artificial generativa y otras tecnologías de vanguardia, como la computación en la nube, los semiconductores de última generación, la computación cuantica y los sistemas de automatización avanzada, han reactivado la productividad en sectores clave, desde servicios financieros hasta manufactura, logística y entretenimiento.
Las grandes empresas tecnológicas, como Microsoft, Google, Amazon, Meta y NVIDIA, han liderado una ola de inversión sin precedentes en infraestructura digital, centros de datos y talento especializado. Esta apuesta no solo ha elevado sus propias valoraciones bursátiles, sino que ha generado efectos multiplicadores en toda la economía, generando una mayor demanda de energía, construcción de infraestructura digital, creación de empleos altamente calificados y atracción de capital extranjero. Según estimaciones del Bureau of Economic Analysis (BEA) y de la Reserva Federal, la contribución de los sectores intensivos en conocimiento y tecnología al PIB estadounidense ha superado el 30% en 2025, con un crecimiento anual significativamente por encima del promedio nacional.
Sin embargo, este modelo no está exento de riesgos. La concentración del crecimiento en unos pocos actores tecnológicos y regiones (como el corredor Boston-Nueva York o la Costa Oeste) agrava las desigualdades regionales y sociales. Además, los beneficios de la IA aún no se han traducido plenamente en ganancias generalizadas, ni se puede afirmar que han producido un incremento de la productividad laboral que compense las inversiones que se realizan en este sector. Ya se habla de que existe una burbuja financiera alrededor de la IA que puede estallar en poco tiempo. Si bien la IA sostiene el crecimiento actual, su sostenibilidad a largo plazo dependerá de la capacidad del país para difundir estas tecnologías más allá del núcleo tecnológico, modernizar la educación y la formación profesional, y establecer marcos regulatorios que equilibren innovación, competencia y protección de derechos, más exportar dicho modelo de negocios al resto del mundo para que lo adopte, consuma y depende de esos servicios tecnológicos que esas grandes empresas ofrecen. Sin ello, el crecimiento no será sostenido.
El gran desafío de los próximos años será gestionar esta dualidad. El éxito dependerá de la capacidad de los gobiernos y las instituciones para fomentar la innovación mientras construyen resiliencia frente a los shocks, cierran las brechas de desigualdad, tanto la digital y económica, como la social, y establecen un marco de cooperación global que evite una fragmentación irreversible. La resiliencia económica futura ya no se medirá solo por el crecimiento del PIB, sino por la habilidad para navegar esta compleja y simultánea transformación tecnológica, geopolítica y social.
En resumen, las perspectivas económicas para 2026 se perfilan en un escenario de crecimiento débil, altamente heterogéneo y rodeado de riesgos sistémicos. Si bien la innovación tecnológica, especialmente en inteligencia artificial, biotecnología y digitalización, ofrece un ancla de dinamismo, particularmente en economías como la de Estados Unidos, su impacto sigue siendo desigual y no compensa del todo las presiones contractivas que enfrenta el resto del mundo. La inflación persistente, combinada con tasas de interés elevadas, seguirá limitando el consumo y la inversión en muchas regiones, mientras que la fragmentación geopolítica y las tensiones comerciales continuarán distorsionando las cadenas globales de suministro y elevando los costos operativos.
Al mismo tiempo, países importantes de la Unión Europea, enfrentan una combinación crítica de estancamiento industrial, transición energética incompleta y debilidad demográfica, lo que reduce su capacidad de contribuir al crecimiento global. En este contexto, la economía mundial corre el riesgo de caer en una desaceleración prolongada, con un PIB global que podría incluso contraerse, según algunas proyecciones como la que realiza la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist. No obstante, la resiliencia mostrada hasta ahora, junto con los avances tecnológicos disruptivos, sugiere que, aunque el crecimiento será más lento y volátil, también podría sentar las bases para una reconfiguración estructural más sostenible a mediano plazo. La clave estará en la capacidad de los gobiernos y las instituciones multilaterales para gestionar los riesgos, coordinar políticas y aprovechar las oportunidades que emergen de esta transformación profunda.

