Mario Rodríguez

Chile ha sido el último de los gobiernos progresistas del continente que pierde el poder, y la derrota de Gabriel Boric está provocando un terremoto político de consecuencias aún inciertas para los países que tendrán elecciones en los próximos años y tienen gobiernos progresistas, como el caso de Guatemala.

José Antonio Kast ganó con el 58.1% de los votos. Él es abogado, católico fundamentalista, reivindicador explícito del legado pinochetista y un neoliberal fascista, admirador de Milei y de Trump. Kast supero de manera rotunda a la candidata de la coalición de izquierda Jeannette Jara. Los resultados no dejan espacio para los matices y son claros, Pinochet regresa a La Moneda con una fuerza inesperada, lo que muchos no se atrevían a pronosticar.

Kast no solo ganó, lo hizo con contundencia. En su discurso de victoria, omitió cualquier mención a la democracia deliberativa o a los mecanismos de participación, lo que, de entrada, rompe con la consigna progresista y confronta la tibieza de la izquierda progre. En otras palabras, Kast no promete futuro. Promete castigo. Quiere revancha o venganza. “Chile necesita orden”, repitió durante la campaña y ahora con su triunfo expone su catecismo reaccionario con total descaro. Eso significa que el Estado no educará, vigilará. No integrará, excluirá. No transformará, castigará. No regulará, protegerá al capital, como siempre se hizo.

En cambio, apeló a Dios, fiel al mandado de manipular la fe que predomina en la política del continente y dejó entrever su voluntad de usar la ley para perseguir a la oposición y desmontar, uno a uno, los avances conquistados por los movimientos sociales en las calles, como que si la protesta social fuera un crimen y no un síntoma de la inconsistencia del sistema económico. Su retórica no es solo conservadora, es abiertamente hostil hacia la democracia y hacia cualquier forma de disidencia. Es el fascismo del pinochetismo resucitado.

Kast no ganó por carisma. Tampoco por programa. Ganó porque su discurso reflejó sin ambigüedades lo que los chilenos esperan de un gobierno fuerte, cansado de promesas ambiguas y liderazgos difusos. Mientras Boric pedía “diálogo”, Kast ofrecía “orden”. Mientras Jara hablaba de “derechos”, Kast hablaba de “ley”. En tiempos de incertidumbre, la claridad, aunque sea autoritaria, demuestra ser más efectiva que la complejidad bien intencionada. Porque la alternativa no se construye con tono amable, sino con poder simbólico, ese que luego se traduce en bienestar para la gente.

Pero este resultado no es un fenómeno aislado. Es la culminación de un proceso de desgaste y desencanto de las masas sociales que confiaron en las opciones de izquierda, y, sobre todo, de una profunda incapacidad de los gobiernos progresistas latinoamericanos para construir una alternativa creíble al modelo que dicen combatir. Gobernantes que han llegado con la esperanza de un pueblo en las espaldas para cambia el rumbo económico, político y social de sus países, pero asumen la gestión de las políticas neoliberales como prioridad, supuestamente para respetar o mantener la apariencia de democracia institucional que dicen respetar.

Gabriel Boric, el presidente que llegó con la promesa de un “Chile digno”, terminó su mandato vacío de liderazgo, atrapado en una socialdemocracia tibia y sin relato movilizador y sin respaldo popular. Su gestión estuvo marcada por la moderación extrema y la renuncia a políticas transformadoras, se plegó sin convicción alguna a la gestión institucional de un Chile construido por el dictador y con ello allanó el camino para que, en un contexto de polarización y malestar, triunfara la voz más dura y nostálgica de la derecha.

¿Cómo llegamos aquí? La respuesta está, en gran medida, en la izquierda misma y en su liderazgo que demostró que no está a la altura de las circunstancias y que se nota en los reiterativos fracasos de gobiernos de izquierda en todo el continente. Desde Chile hasta Argentina, pasando por Ecuador, Bolivia y Honduras, los gobiernos progresistas han insistido en aferrarse a una “democracia liberal de manual” mientras mantenían, en la práctica, las políticas económicas neoliberales que prometieron cambiar. Ese doble discurso de izquierda neoliberal, o cómo decía el recordado Mario Roberto Morales, la izquierda rosada, que en los hechos al llegar al poder profundizó las políticas de exclusión, les dio continuidad a las medidas neoliberales y ha dado prioridad al mercado, excluyendo al Estado de su papel regulador, mientras se protege a los grandes capitales. Todo en su conjunto explican porque la derecha está regresando al poder en el continente.

Este ciclo recompone el mapa político del continente, en medio de una ofensiva bélica de Estados Unidos para preservar su patio trasero, la izquierda en Latinoamérica nunca termina de aprender. Boric pensó que con no ser Pinochet bastaba. Lo mismo que Fernández en Argentina, que con dejar atrás a Macri era suficiente. Algo similar le sucede a Bernardo Arévalo en Guatemala. Él y su partido siguen pensando que con no parecerse a Jimmy Morales y Alejandro Giammattei ya gano, mientras esos impresentables corruptos siguen moviendo los hilos de la política, incluso el primero con pasaporte diplomático se reúne con presidentes y promete compromisos de Estado con total impunidad, sin que cancillería diga o haga algo al respecto. Esa es la izquierda que tenemos. La que se especializó en ganar elecciones, como milagro de la democracia, pero sin alma para responder a las demandas sociales.   

La izquierda olvido una lección elemental, el capital no negocia con quien le pide permiso para gobernar. Negocia con quien le impone condiciones. Por eso, en Guatemala la derecha se encuentra en una campaña de conspiración permanente, incluso desde antes de asumir Bernardo Arévalo el poder, preparó su maquinaria de medios, jueces, operadores políticos y empresarios para destruir este gobierno, que llegó con buenas intenciones, pero que nunca ha podido ejercer el poder real, no porque existiera una fiscal corrupta, ni por tener a la patronal en contra. Simplemente porque renunció a ejercer ese poder y prefirió refugiarse en la protección de la embajada de Estados Unidos, para gestionar de forma tutelada, lo único que le permiten gestionar.

Con esto no queremos decir que Arévalo y Boric fueran traidores. Solo se debe reconocer que ambos mandatarios equivocaron el camino. Boric no vendió al movimiento estudiantil, ni pactó con los verdugos del pasado. Pero hizo algo peor, desde la perspectiva de la historia y el futuro político del país, fue tímido, no actuó cuando debió hacerlo. Una timidez que se vistió de humildad, que se disfrazó de realismo, que incluso él mismo se autoproclamó con “madurez política” suficiente para afrontar el reto de gobernar un país fragmentado por las políticas neoliberales que impuso la dictadura, pero terminó cediendo por incapacidad.

Lo mismo sucede con Arévalo. La timidez en el poder no es virtud; es una rendición anticipada. Boric gobernó como si el cambio estructural fuera un ruido incómodo en una cena formal, algo que se disculpa, se suaviza, se pospone, hasta que ya no hay nada que transformar porque todo ha vuelto a su lugar y el tiempo se ha terminado.

Arévalo y su gobierno no son corruptos. No se trafican con influencia a cambio de favores, tampoco se hace negocios con la obra pública con sobres bajo la mesa. Su pecado es más sutil y también más letal, es dubitativo con el enemigo, es débil y temeroso a la hora de ejercer el poder, otorga muchas concesiones esperando que prevalezca el sentido común y el bienestar de la gente, cuando los corruptos y la mafia lo que buscan son preservar sus intereses personales por sobre todas las cosas.

Arévalo gobierna con la indecisión de quien hereda un reloj roto y, en lugar de arreglarlo, se dedica a explicar por qué no puede hacer las cosas para las cuales fue electo, a contar los días, en espera que termine el período de la fiscal general y a participar como observador en las comisiones de postulación, para preservar el proceso y validar sus resultados, mientras el tiempo sigue pasando, aferrado a la idea que la democracia permitirá el cambio de la fiscal general, porque así está instituido. Lo peor de todo, con esto Arévalo demuestra mucha ingenuidad. Cree, con una fe casi religiosa, que un Estado capturado por élites mafiosas, redes judiciales corruptas y corporaciones transnacionales criminales, que operan con total impunidad y protección, se puede reformar el Estado utilizando el aparato de justicia cooptado y actuando con pura decencia, apelando a la conciencia de las personas y a las reglas de procedimiento que una y otra vez son vulneradas por las mafias.

La historia no castiga a quien pierde luchando. Castiga a quien pudo pelear y eligió asumir el rol institucionalista. Como si la historia latinoamericana no hubiera demostrado, una y otra vez, que el poder no se comparte, se disputa. Y cuando se entra al campo de batalla con el manual de buenas costumbres en vez de un proyecto de transformación, lo único que se logra es hacerle el favor al enemigo. O como dicen los terroristas de una mal llamada fundación que ofrecen exilio o cárcel para los opositores, mientras Arévalo los nombra embajadores o representantes del Estado en puestos claves, para respetar, supuestamente la carrera del funcionario, que abiertamente conspiró para derrocarlo.

Esos errores están abriendo la puerta de par en par a la derecha autoritaria que retoma, paso a paso, los países del continente. Boric no estuvo a la altura, pero tampoco lo están otros líderes de la región, como la confrontación que sucedió en Bolivia con el triste espectáculo que dieron Evo Morales y Luis Arce. Lo mismo ocurre ahora en Honduras, y con Arévalo en Guatemala. Quién, con la noble intención de fortalecer la democracia y luchar contra la corrupción, prefiere aferrarse a la idea de preservar las mismas reglas que los corruptos imponen y renunciar así a ejercer el poder, pero manteniendo intacta la institucionalidad cooptada.

Los gobiernos de izquierda en el continente no transforman, los que aún existen, tratan de sobrevivir. Los que fueron derrotados, ya sea en las urnas o en golpes de estado, ahora, sus lideres están presos o en el exilio. Por eso duele y mucho lo fácil que la derecha está retomando el poder en el continente. Y si eso no es una advertencia, es al menos es una ironía trágica; los herederos de la revolución están entregando el país a los herederos de la dictadura. 

En tiempos de asedio, la tibieza se paga cara. Y América Latina está pagando el precio de una izquierda que, por miedo a ser tildada de radical, perdió la capacidad de entusiasmar a sus bases y de defender con firmeza los principios que decía sostener.

Lo ocurrido en Chile es una kastrástofe. Demuestra que, cuando el progresismo abdica de su carácter transformador, el espacio lo ocupa, sin complejos, una derecha dispuesta a revivir los fantasmas más oscuros de nuestra historia. El pinochetismo ha vuelto. Y lo hace con Milei de vecino, Bolsonaro dispuesto a pasar la estafeta a su hijo en Brasil, mientras que Estados Unidos, con su nueva estrategia de seguridad nacional, recupera su patio trasero y regresa a través de la dictadura, y también de la democracia liberal, a predominar.

En Guatemala, posiblemente pasaremos a una Guatepeor.

por Catarsis