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Disuasión militar y soberanía, en dónde está el límite de la confrontación estratégica

Posted on diciembre 31, 2025

Por Mario Rodríguez Acosta

Los recientes ejercicios militares del Ejército Popular de Liberación (EPL) alrededor de Taiwán, enmarcados en la denominada “Misión de Justicia 2025”, no constituyen un episodio aislado ni una simple demostración de fuerza. Se trata de una acción político-militar altamente simbólica, cuidadosamente diseñada, que articula mensajes simultáneos hacia tres audiencias distintas: las autoridades taiwanesas que busca la separación de la República Popular China, a los políticos conservadores de Estados Unidos y Japón que abogan por establecer un nuevo proxi, utilizando a Taiwán para contener a China y a la opinión pública, tanto interna como al resto del mundo.

De acuerdo con la visión de Beijín existe una legitimación en utilizar la coerción militar para reafirmar el principio de soberanía e integridad territorial. La cancillería rusa emitió un comunicado en ese sentido. La postura de Estados Unidos, alentando la separación de la isla, vendiendo material militar genera una escalada peligrosa que podría desembocar en un enfrentamiento directo entre Estados Unidos y China.  Revisemos las posturas enfrentadas.

Para Beijing, Taiwán no es un “conflicto internacional”, sino un asunto interno. De acuerdo con las autoridades chinas Taiwán es una “parte inalienable” del territorio chino y las autoridades taiwanesas lideradas por Lai Ching-te, representan una deriva separatista ilegítima e inaceptable. Lo que provoca la inestabilidad, es la intervención estadounidense, que utiliza a la isla para presionar, contener y frenar el desarrollo chino.

En la actualidad el Ejercito Popular de Liberación esta desarrollando ejercicios militares que combinan un bloqueo total a la isla utilizando juego real, con proyección anfibia y control aéreo, como una demostración de poderío militar, tecnología de punta y un simulacro de lo que en el futuro podría convertirse en una invasión inmediata para retomar el control de Taiwán, generando un objetivo disuasivo para evitar una guerra abierta. Con esto China logra demarcar con claridad sus líneas rojas, buscando cerrar toda posibilidad de independencia de Taiwán.

Desde la lógica de los estrategas políticos y militares de Estados Unidos, la venta de armas y el endurecimiento del discurso en el Congreso estadounidense y la coordinación creciente con Japón erosionan la ambigüedad estratégica de no reconocer a Taiwán como estado independiente, pero comprometerse, tanto militar, como políticamente en la defensa de Taiwán, en otras palabras Estados Unidos trata de instrumentalizar el conflicto interno para contener el ascenso chino, no como una defensa genuina de la autodeterminación, más bien como un mezquino interés por salvaguardar sus propios intereses.

El incremento en los volúmenes de armas y su presencia en Asia Pacífico, hacen pensar que Estados Unidos, quiere que Taiwán asuma los costos de una guerra directa con China, convirtiendo a Taiwán en un peón estratégico descartable, tal y como le ocurre ahora mismo a Ucrania, que fue utilizado para destruir la capacidad militar y económica de Rusia, sin lograrlo hasta ahora.

En este conflicto, en los últimos meses del año, Japón ha emergido como un actor cada vez menos secundario. Su cercanía geográfica, su alianza militar con Estados Unidos y su creciente reinterpretación de su política de defensa hacen que cualquier crisis en Taiwán se involucre, como así lo ha insinuado la ministra japonesa al mencionar que cualquier amenaza directa a la seguridad taiwanesa, afectará las rutas comerciales, las cadenas de suministros y la propia seguridad energética de Japón, lo que al final terminará por afecta la seguridad nacional japonesa lo que llevaría a un intervención directa en defensa del estatus quo actual. Obviamente China y otros países de la región como Rusia e incluso las dos Coreas han reaccionado con preocupación.

El conflicto en torno a Taiwán refleja una transición más amplia hacia un orden internacional multipolar, competitivo y fragmentado. Un orden en el cual China emerge como una gran potencia, mientras que Estados Unidos en pleno declive de su hegemonía, se presenta como un país que busca a toda costa, no perder sus privilegios para mantener cierta influencia en el mundo multipolar que se avecina. Este conflicto, tanto como que se escenifica en Ucrania, muestra los límites del poder hegemónico estadounidense, que define en su nueva estrategia de seguridad nacional a China como un rival sistémico.

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