Por Mario Rodríguez

La relación entre Estados Unidos y China atraviesa una de sus etapas más complejas y tensas que conoce la historia reciente entre ambos países. La llamada por Tump como «guerra comercial», que va más allá de los aranceles, y abarcar la tecnología, la seguridad y la influencia global, ha generado un intenso debate con posturas radicalmente opuestas. Analizar estas narrativas no solo es crucial para entender el conflicto, sino también para descifrar las dinámicas de poder de un mundo en transformación.

Desde una perspectiva crítica, Washington actúa movido por el pánico a perder su hegemonía. El modelo global promovido por Estados Unidos durante décadas se basaba en una apertura asimétrica, los mercados de otros debían abrirse, pero la primacía tecnológica y militar estadounidense permanecería incuestionable. Fue el tiempo del mundo basado en reglas.

La adhesión de China a la OMC en 2001 fue vista por algunos sectores en Washington como un camino para integrar a un actor masivo en un sistema que lo mantendría en una posición subordinada. Pero con el tiempo, China no solo se convirtió en la «fábrica del mundo», sino que escaló en la cadena de valor, desarrollando capacidades propias en sectores estratégicos como inteligencia artificial, telecomunicaciones y energías renovables. Este ascenso, inesperado para muchos, habría provocado que la retórica del «libre mercado» fuera reemplazada por la de «seguridad nacional» y la «competencia sistémica».

Esta narrativa sostiene que las medidas estadounidenses, como los controles a la exportación de chips de alta gama, sean un intento por evitar el ascenso chino en tecnología. El caso de Nvidia mostró que dicha medida resultó contraproducente. Este monopolio perdió por completo su cuota de mercado. Al privar a las empresas estadounidenses del mercado chino, Washington no frena el avance tecnológico de China, sino que acelera su búsqueda de autosuficiencia, al tiempo que debilita la competitividad global y los ingresos de sus propias empresas.

Frente a esta disyuntiva se desarrolló otra narrativa, la cual proviene de algunos círculos políticos y de seguridad de Estados Unidos, misma que presenta a China como un actor que aprovechó malintencionadamente las oportunidades ofrecidas por el sistema internacional. En esta visión, Estados Unidos ofreció una mano tendida, inversión, acceso a su mercado y educación, con la esperanza de que China se convergiera hacia un modelo político y económico liberal.

Esta visión acusa a China de llevar a cabo una «guerra económica» mediante prácticas comerciales desleales, el robo de propiedad intelectual, el sabotaje de cadenas de suministro y la exportación de crisis como la del fentanilo. La conclusión de esta narrativa es que para el Partido Comunista de China no es suficiente con que su país prospere; es necesario que Estados Unidos decline. Por lo tanto, la desvinculación («decoupling») o la reducción de riesgos («de-risking») se convierten en imperativos de seguridad nacional.

Un elemento crucial que a menudo se pasa por alto en este debate binario es la postura del resto del mundo. Mientras la retórica se intensifica, China ha diversificado y profundizado sus lazos comerciales con la ASEAN, los BRICS y los países de la Franja y la Ruta y garantizado su alianza estratégica con Rusia, lo que le permite tener un anclaje energético importante.

La expansión de rutas alternativas como el Ferrocarril China-Europa y la exploración de nuevas vías marítimas como la Ruta Ártica demuestran que la economía global no se detiene. Lejos de una desvinculación generalizada, lo que está ocurriendo es una reconfiguración geoeconómica. Muchos países no quieren elegir bando; buscan beneficiarse de la relación con ambas potencias mientras mitigan los riesgos de su confrontación.

La tragedia, como señala implícitamente la declaración del CEO de Nvidia, es que las políticas diseñadas para preservar la ventaja competitiva pueden, en realidad, erosionarla. Al forzar a China a desarrollar su propia pila tecnológica, Estados Unidos podría estar creando un ecosistema competidor más robusto y fragmentando el mercado global, lo que a la larga perjudica la posición de liderazgo tecnológico que dice proteger.

La ironía reside en que un sistema capitalista globalizado, impulsado durante décadas por la búsqueda de eficiencia y menores costos, haya creado a su principal competidor geopolítico. La guerra comercial no es solo un conflicto entre dos naciones, sino el síntoma de un modelo agotado que confundió la interdependencia económica con el control político absoluto. El desafío para ambos países, y para el mundo, será encontrar una forma de coexistencia que no repita los errores imperiales del pasado y que reconozca que, en pleno siglo XXI, el verdadero poder ya no reside en la capacidad de aislar a otros, ni de imponer sus intereses por medio del poder militar, sino en conectar la gente e innovar con la tecnología.

por admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *